Hijos de la Noche

March 20, 2006

Qué pasará con la Guardia Civil…

En uno de mis primeros post me he encontrado a mi vuelta de Mordor :P un comentario que me ha gustado bastante, y como no es habitual encontrase gente defendiendo a nuestros cuerpos de seguridad, parece que se lleva más lo de putos maderos, que cabrones que me quitan el costo y cargan porque algunos descerebrados tiran botellas… pues he decidido pasarlo a un post… Con permiso de Cobi, allá va :

¿Qué pasara con la Guardia Civil?

Desde la llegada del nuevo gobierno socialista, hace ya dos años, hemos podido comprobar como desde un principio han lanzado anuncios de sus diferentes objetivos a cumplir durante lo que será su gobierno. Pues bien, uno de los posibles objetivos a cumplir es la unión de los dos grandes cuerpos de seguridad existentes en nuestro país. Esa es una idea que económicamente hablando puede llegar a ser beneficiosa para la economía de nuestro país ya que no es lo mismo mantener a dos cuerpos de seguridad que a uno.
En base a lo dicho anteriormente, yo me pregunto lo siguiente; ¿Qué pasara con la Guardia Civil?, ¿Cómo se llamara ese nuevo cuerpo?. Me formulo esas preguntas simple y llanamente porque sería algo inaudito que un cuerpo con la historia y el prestigio del que se caracteriza llegara a desaparecer en un futuro.
Creo que es recomendable recordarle a nuestro presidente y a todos los españoles la importancia de este cuerpo en cuestión.
La Guardia Civil es el primer cuerpo de seguridad pública de ámbito estatal surgido en España. Este cuerpo de naturaleza militar fue fundado en 1844, durante el reinado de Isabel II de la mano de El Mariscal de Campo D. Francisco Javier y Ezpeleta, II duque de Ahumada que propuso la creación de una fuerza de infantería y caballería para la conservación del orden publico y el auxilio que se reclame para la ejecución de las leyes pretendiendo de esta forma atajar la gran inseguridad rural provocada por el bandolerismo y crear un cuerpo nacional de mantenimiento del orden público.
Creo que estas razones son mas que suficientes para garantizar la continuidad de la Guardia Civil al servicio de todos los españoles. Pero todavía podríamos añadir mas razones como puede ser el trabajo desarrollado a lo largo de todos estos años del que hay que decir que es mas que notable.
Actualmente se caracteriza por constar de diferentes campos; seprona, rural, tráfico, entre otros, cada uno de ellos con sus respectivas misiones. Algo indiscutible y destacado es el gran trabajo realizado contra la lucha antiterrorista, operaciones antidroga, control de inmigración etc.
Para concluir he decir que he vivido muy de cerca la Guardia Civil debido a que me crié en una casa cuartel y conviví día a día durante quince años de mi vida con los integrantes del cuerpo. Esa agradable experiencia me sirvió para darme cuenta que para muchos integrantes del cuerpo no solo es un trabajo, sino también un sentimiento, algo que te hace sentir mejor sabiendo que estas siendo útil a la sociedad.

January 16, 2006

Los malos humos de la ley antitabaco

Pues tenía yo un post en mente, y sigue estando, pero de momento esta en el horno con la IV parte del estatut y las tres entregas pendientes de “Fauna Zacutaria” sobre este tema y algún otro más, pero para variar, leo en el blog de javi ;) un artículo más que magnífico sobre la ley esta que está tan de moda…

Vaya por dios, otro bar de no fumadores...

“Hablemos de derechos. Proteger a los no fumadores del humo del tabaco es un derecho. Pero permitir a los fumadores fumar también lo es. Como se sabe, las Cortes han aprobado una ley antitabaco. Es significativo que se haga llamar “antitabaco” y no “a favor de los no fumadores”, por ejemplo. Una ley que se limitara a proteger a los no fumadores del humo del tabaco se bastaría prohibiendo fumar en sitios públicos. Sin embargo, el Legislativo ha aprobado una ley que no libra de humo los lugares públicos, repercute en la economía y lastima los derechos de los fumadores.

Apliquemos esta ley a la vida real. ¿Alguien cree que los bares con más de 100 metros cuadrados harán algo más que colocar una mampara para separar las zonas de fumadores y no fumadores? ¿Multará el Gobierno a la mitad de los bares del país por ello? Si se quiere librar de humos los lugares comunes bastaría con prohibir el consumo del tabaco en ellos. Sería más saludable y dañaría menos la economía porque, ¿qué harán los bares que sobrepasan los dichosos 100 metros cuadrados por poco y han reducido su local a esa superficie? ¿Serán indemizados por el Gobierno por los perjuicios que el cierre del local para su reforma les ha causado? ¿Y si el propietario no tiene suficiente dinero para la reforma? ¿Se quedará en el paro? Otros afectados son los quiosqueros, que dejarán de ganar el poco dinero que les proporcionaba la venta de unas cajetillas todos los días. ¿Se recorrerán, entonces, los fumadores todos los bares de la ciudad para encontrar tabaco los domingos porque el quiosco de debajo de casa ya no lo vende? ¿Y qué hara el trabajador de la séptima planta para echarse un pitillo? ¿Le permitirá la empresa perder 15 minutos cada vez que baje a la calle a fumar? Esta ley ha logrado convertir al fumador en un apestado. Adivinen ahora quién tendrá más oportunidades laborales: un fumador o un no fumador con sus mismas características. La respuesta es obvia.

Para los aficionados al fútbol, ¡qué serán las tardes de domingo sin que se oiga el tradicional “Pepe, un purito”! ¿Y dónde quedará ese “señor gol” acompañado de su correspondiente “señor farias”? ¿Qué será de las bodas sin el puro de sobremesa? ¿Dejarán de poner películas de Bogart en la televisión? La corrección política no tiene límites. El colmo es que alguien ha sugerido que sería ilegal fumar en casa si se tiene contratada una empleada doméstica. ¡Hasta ahí podíamos llegar!”

Y no me atrevo a añadir nada más ;)

PD: “Carboneillllllllllll, que no nos vas a cerrar el blog!!!!!!!

January 7, 2006

Noventa y cinco centímetros

Noventa y cinco centímetros

“Era el alcance de un sablazo, antes de tanta mariconada electrónica y tanto monitor de televisión”.

En el vestíbulo, bajo un cuadro de una carga de caballería, entre una orden manuscrita y enmarcada del estado mayor del Ejército francés –España, 1809– y un busto de bronce del Emperador, tengo un sable de coracero bruñido e impecable. Repartidos por la casa hay otros sables y espadas, entre ellos un tosco sable de abordaje, un elegante espadín de oficial de marina del siglo XVIII, algún florete, varios sables de caballería decimonónicos y una espada ropera del siglo XVII, con el famoso perrillo grabado en la hoja, que suelo empuñar cuando, metido en ambiente y con novela alatristesca entre manos, necesito imaginar determinadas sensaciones técnicas de mi amigo el capitán.

De todas esas armas blancas, mi favorita es el sable de coracero gabacho, quizá porque es lo menos socialmente correcto que he visto en mi vida: una pesada herramienta de matar, con guarda de bronce y hoja de 95 centímetros de longitud, que sale de la vaina metálica con un sonido escalofriante, de buen acero dispuesto para tajar y degollar desde la silla de un caballo lanzado al galope. Basta mirar el filo para que un incómodo cosquilleo te recorra las ingles y el estómago. Se trata de un arma de guerra desprovista de equívocos, larga y pesada, sin complejos, hecha para ser manejada por un brazo fuerte, que nadie imaginó para lucir en los salones ni pasear con ella al cinto cortejando a las damas.

Pensé en ese sable el otro día, en París, durante mi visita obligada al bronce de don Miguel Ney, el bravo entre los bravos. Cada vez que estoy allí, paseo por el Luxemburgo y subo hasta la Closerie des Lilas para saludar al príncipe del Moskova –visita obligada– mientras releo en la peana de mármol su impresionante currículum militar, desde los primeros combates de la Revolución hasta Waterloo: veinte años de gloria con Bonaparte y un piquete de fusilamiento como fin de trayecto. Pero así son las cosas de la vida; y el mariscal, que era un profesional, se las tomó con la debida sangre fría. Ahora me gusta verlo ahí, la cabeza vuelta de medio lado y la boca abierta, dando órdenes. Aún no existía la tele, así que Ney no posa para el informativo de la noche, ni siquiera para un cuadro de Meissonier, sino que se vuelve gritando a los hombres que lo siguen –lo seguían siempre, al tío–, invisibles en esta mañana civilizada de invierno parisién; pero, si prestamos la debida atención, es posible advertirlos entre las ramas de los árboles y los edificios cercanos, levantándose de sus tumbas, resignados, para congregarse en torno al mariscal como un fiel ejército fantasma. Como los dos viejos granaderos de los que hablaba Heine.

El sable. Quería contarles que Miguel Ney empuña un sable parecido al que tengo en el vestíbulo. Y contemplándolo el otro día, junto al Luxemburgo, me dije que armas como ésa fueron hechas para que las blandieran hombres como él, cuando la guerra no podía hacerse sino cara a cara, de cerca y por derecho, y en un campo de batalla. Cuando para matar había que acercarse al menos hasta noventa y cinco centímetros del otro, el alcance de un sablazo, y allí mirarlo a los ojos, ensuciándose de sangre propia y ajena, antes de tanta mariconada electrónica, tanto apretar botones y tanto monitor de televisión, ahora con todos los generales a salvo mientras el cabo Elmer Martínez y el soldado Mike Sánchez –los que andan por Iraq se llaman así, mientras que en Vietnam eran negros– cascan a punto para el telediario de las tres. Y en efecto: de vuelta al hotel en París, cuando encendí la tele, vi a unos soldados caminando por una calle junto a un vehículo, y de pronto desaparecer todo, calle, soldados, vehículo y gente que miraba, por un zambombazo anónimo dispuesto desde un coche trampa, mientras el que mataba sólo corría el riesgo de morirse de risa, supongo, con su mando a distancia y a medio kilómetro de allí. Y al rato, zapeando, me topé con otro vídeo, esta vez casero: cuatro fulanos encapuchados y un desgraciado sentado en el suelo –un chófer de camión, me parece–, las manos atadas a la espalda, listo para ser degollado a tiempo de aparecer en las ediciones de los periódicos al día siguiente si no se pagaba tal o cual rescate. Etcétera.

Y es que cada siglo tiene las guerras que le cuadran. Quién iba a imaginar que acabaríamos sintiendo nostalgia ante un sable.

ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal | 1 de enero de 2006

December 8, 2005

Treinta Siglos, a subasta ( y II)

Y vamos con la segunda parte del artículo:

Treinta siglos, a subasta (II)

“Luego, a la hora de reclamar daños y perjuicios, a saber dónde estará cada cual”.

Al hilo de lo que escribía la semana pasada sobre la responsabilidad de la derecha y de la izquierda en el desmantelamiento de la vieja palabra España, no creo, como algunos cenizos, que tanta bazofia política nos lleve de nuevo al año 36. Vivimos demasiado bien como para pegar tiros en las trincheras de la Ciudad Universitaria. Si hubiera bronca, la gente se echaría a la calle, en efecto; pero para comprobar si le había pasado algo a su coche. El estallido, cuando llegue, vendrá de las grandes bolsas de inmigración marginal desatendidas socialmente, y de los conflictos irreparables que éstas generen. Pero otra guerra civil no es el problema. Y a lo mejor de ahí viene el problema: de que ya no es un problema.

Lo que nos espera es el desmantelamiento ruin de la convivencia. Egoísmo. Insolidaridad. Atentos a las necesidades del negocio, a los socios y a la clientela, y a fin de salvar el pellejo legislativo, algunos imbéciles han decidido que la España que conocemos desde hace quinientos años está mal construida, que Isabel de Castilla y Fernando de Aragón no captaron la esencia del asunto, y que la única vía hacia una España feliz y auténtica es la liquidación del Estado y su sustitución por una confederación de naciones y nacioncillas donde cada perro se lama con sonoros lengüetazos su cipote. Esos cinco siglos de error histórico, el partido en el gobierno está dispuesto a despacharlos en una legislatura, sin despeinarse. Pero no creando antes las condiciones adecuadas –ésa sería una opción política tan respetable como cualquier otra–, sino imponiendo primero el concepto, vía artículo catorce, y luego dejando que la realidad se adapte, retorciéndose como pueda, al esquema general. Como ven, hablamos de política de alto nivel al mínimo costo. Y luego, a la hora de reclamar daños y perjuicios, a saber dónde estará cada cual. Con el maestro armero.

De cualquier modo, el sistema tiene un grave inconveniente: necesita hacer a la derecha culpable de lo que se pretende destruir. Por eso al partido en el gobierno no le preocupa que, de paso, toda la memoria histórica, toda la cultura, todo cuanto es patrimonio común y vertebra la unidad nacional de la verdadera nación, la española, se vaya a mamarla a Parla. Son daños colaterales. El precio a pagar, argumentan los gánsteres que se frotan las manos dispuestos a beneficiarse de la subasta. Y mientras, los aprendices de brujo, enredados en un cóctel de probetas y líquidos de cuyos efectos no tienen la menor idea –entre otras cosas porque no han leído un libro de Historia en su puta vida–, proponen sustituir quinientos años de unidad y otros dos mil quinientos de memoria bíblica, grecolatina, árabe, mediterránea y europea, la España perfectamente definida y real, por una cultureta descafeinada y mierdecilla, por lo socialmente correcto que permite arañar votos de buen rollito, por la soplapollez de diseño que tanto llena la boca, en foros multiculturales y otras demagogias, a tanto ministro y a tanta ministra.

Hay algo que algunos no perdonaremos nunca a la presunta izquierda de este país desgraciado: que con su miopía y su mezquindad haya cedido a la derecha el monopolio de la palabra España. En vez de limpiar los símbolos y las palabras contaminadas por el franquismo, a la izquierda le convino siempre que la engreída derecha siguiera usurpando palabras como patria y bandera nacional, y que se reafirmara como supuesto centinela de los valores tradicionales, de la memoria histórica, que es la médula de cualquier nación seria. Ignoro las veces que Felipe González pronunció la palabra España siendo presidente. Pocas, desde luego. O ninguna. En cuanto a Rodríguez Zapatero, cada vez que lo hace, me pongo a temblar. Esa España suena ahora a pasteleo coyuntural. A chanchullo de taberna.

Y ése es el verdadero problema. El pudrimiento de ciertas palabras y los treinta siglos que simbolizan: tres mil años de extraordinaria herencia dilapidada por izquierdas y derechas incapaces de comprenderla y de conservarla. Ésa es la maldición histórica –la misma Historia que en los colegios y universidades nos niegan y borran– de esta tierra desgraciada donde, cada vez que algo bueno levanta la cabeza, hay innumerables hijos de puta –reyes idiotas, validos arrogantes, curas fanáticos, generales matarifes, políticos miserables– que, guadaña en mano, siguen dispuestos a cercenar la esperanza.

ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal | 17 de julio de 2005

December 7, 2005

Treinta Siglos, a Subasta (I)

Pues va a ser que hoy estoy de un vago subido, siendo serios llevo así unos dias. Luego me voy a permitir reproducir un par de artículos de A.P.Reverte. Hoy subo la primera parte, y mañana subo la segunda… Con permiso Don Arturo.

Treinta siglos, a subasta

“Arrojándolo todo al cubo de basura, que cada vez se parece más a una fosa común”.

Hoy me he levantado reaccionario, así que reacciono dándole a la tecla. Cada uno reacciona como puede. Y la verdad es que tengo uno de esos días en que abres los periódicos, ves los titulares y las fotos de los protagonistas del asunto ibérico, y te entran unas ganas salvajes de ir a la puerta de las Cortes a ciscarte en los muertos de todo el que pase por allí

La primera pregunta que cualquiera con sentido común se hace ante el panorama es: ¿de verdad no se dan cuenta? Luego, al rato de meditarlo, llega la atroz respuesta: se dan cuenta, pero les importa un carajo. Esa peña de golfos apandadores vive de su negocio, de currarse una España que nada tiene que ver con la real, hasta conseguir, por insistencia, que sí lo tenga. Que esa España falsa en la que medran, la que les paga el coche oficial, el estatus, la vanidad y la arrogancia, se vuelva real y terrible hasta darles la razón y justificar su estupidez, su ignorancia, su incultura, su demagogia de leguleyos sin escrúpulos.

Y así, como en el mito de los leprosos medievales, esa pandilla de sinvergüenzas contamina todo cuanto toca, arrojándolo al cubo de basura, que cada vez se parece más a una fosa común: educación, historia, idiomas, convivencia. En una España inculta y de instintos ruines como la nuestra, donde el equilibrio y la solidaridad requieren encaje de bolillos, eso equivale a ponerse la pistola en la sien. Virgen santa. Hasta han conseguido que las víctimas del terrorismo se tiren los trastos a la cabeza, y se dividan ahora en víctimas de derechas y víctimas de izquierdas.

Todo iba demasiado bien. Los ciudadanos votaban y estaban dispuestos a seguir votando a unos u otros según el momento y las circunstancias, con las alternancias lógicas en cualquier democracia. Lo normal. Pero ese proyecto lento, tranquilo y acumulativo, no encajaba en los planes de esta gentuza. Necesitaban movimiento inmediato, vidilla, oportunidades de sacarle los dos ojos al adversario con tal de que a ellos les quedase uno. Hablo de los profesionales de una izquierda desorganizada, demagoga e incompetente; de los pringados de un socialismo sin proyecto que aún rumia el rencor por el desastre felipista; de los meapilas de una derecha justamente despojada del poder a causa de su estupidez, su soberbia y su cobardía; de la infame peña totalitaria periférica que, después de treinta años de victimismo y gimoteo, ya no tiene nada que reivindicar salvo las situaciones extremas. Todos barajan demasiado resentimiento, demasiadas cuentas que ajustar, como para dejarnos al margen. Necesitan una España encabronada para justificar el tinglado, el voto, la legislatura. Y en eso andan.

No puedo compartir la opinión de ciertos analistas de la derecha que atribuyen al Pesoe la responsabilidad exclusiva del putiferio. Es cierto que la mediocridad de algunos ilustres –e ilustras– miembros del Gobierno resulta nociva y devastadora, que el daño hecho en los últimos tiempos a la convivencia, la educación, la enseñanza, el idioma español, la cultura y el sentido común son irreparables, y que resulta evidente el manejo vil de un resentimiento y una dialéctica de militancia que se remonta a la guerra civil; algo que parecía superado por la mayoría de españoles, y a lo que eran ajenas las nuevas generaciones.

Pero también es cierto que todo esto ha sido alentado y favorecido por una derecha desprovista de inteligencia, de maneras, de sentido del Estado y de conocimiento del país que gobernaba. Me refiero a ese Pepé autista que perdió el poder por obcecación, oportunismo y falta de coraje político, tras gobernar arrojado sin pudor en brazos de los obispos más carcamales y de los movimientos religiosos ultravaticanos, de la educación privada en detrimento de la pública, del dinero fácil, del urbanismo salvaje, del España va bien, de la imprevisión suicida frente a la inmigración, de la ausencia de una verdadera política social y de la incapacidad de distinguir el españolismo rancio, de cabra legionaria con viento duro de levante, del legítimo y necesario sentido de la palabra España.

Una derecha que ahora las pía de seis en seis, pero que cuando fue débil en la antigua oposición y en la primera fase de su gobierno, tampoco tuvo empacho en mirar hacia otro lado, tragar y pactar con quien hizo falta, o intentarlo. Incluido aquel glorioso Movimiento Nacional de Liberación Vasco con el que nos obsequió, en su momento, el comparsa de George Bush. El amigo Ansar de los cojones. (…)

ARTURO PÉREZ-REVERTE | El Semanal | 10 de julio de 2005






















Get free blog up and running in minutes with Blogsome | Theme designs available here